Entradas

Lo que no era el reloj

Hace poco más de quince años viví una situación que, aunque no me persigue como un fantasma, sí dejó una huella silenciosa en mí. Hoy, en un momento muy distinto de mi vida —planeando mi boda, rodeada de mensajes, detalles y gestos inesperados— esa historia volvió a mí con mucha claridad. Cuando tenía siete años, mi papá sufrió un infarto cerebral. De un día para otro, mi vida cambió sin que yo tuviera las herramientas para entenderlo. Mis papás ya no estaban conmigo, mi mamá se fue a Ciudad de México con mi hermano y yo me quedé en Xalapa con mis abuelos. Y aunque muchos dicen “bueno, no te quedaste con extraños”, la realidad es que romperle la rutina a un niño es profundamente disruptivo. Ahí nació en mí un apego ansioso que he trabajado durante años, con terapia, con fe y con mucha conciencia. Esa experiencia también me dio algo más: una hiperempatía que a veces me ha llevado a equivocarme. No porque la bondad sea un error, sino porque en una sociedad tan acostumbrada al egoísmo, se...

Carta a mi Yo de 15 Años

 Querida yo, ¿por dónde comienzo? Pienso en ese momento en el que tenías 15 años, la edad que tienes ahora en este recuerdo, y no tienes una idea de lo que nos espera. Ha sido un viaje… una montaña rusa. Y te puedo decir que hemos conseguido cosas que jamás imaginamos. ¿Has publicado libros? Sí. Llevas dos de tu saga —bueno, uno aledaño—. En total llevas cinco libros, y uno en inglés. ¿Tienes tu propia editorial? Sí. Una editorial de autopublicación, y más adelante vas a entender perfectamente el tema de las compras en línea. A la fecha llevas más de 100 libros publicados de otros autores. Has ayudado a alrededor de 80 personas a cumplir su sueño. Y, lo más importante: has salido adelante. Sobrevivimos una pandemia que duró más o menos dos años y medio. Hubo mucha incertidumbre, mucho miedo, pero salimos adelante. Has viajado a Europa. Fuiste con alguien que será una de nuestras mejores amigas: Barcelona, Roma, Viena, Londres y París. Y sí, fuimos a Londres… y estuvo increíble. Ahí...

La verdad detrás de ser un católico practicante

Ser católico practicante no es vivir en una nube, ni tener respuestas inmediatas, ni caminar la vida sin dolor. Tampoco es cumplir reglas por inercia o repetir rezos de memoria. Ser católico practicante, al menos en mi experiencia, ha sido aprender a caminar con preguntas, con heridas, con silencios… y aun así decidir confiar. Yo crecí en una familia católica. Estudié toda mi vida en colegios católicos. La fe estaba ahí, como parte del paisaje. Pero no siempre fui una católica practicante. Y creo que eso es más común de lo que nos gusta admitir. Cuando uno crece, la vida empieza a exigir respuestas. En mi caso, una de las preguntas más fuertes tuvo nombre propio: la enfermedad de mi papá. Durante muchos años viví preguntándole a Dios “¿por qué?”. ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué no podíamos tener la dinámica “normal” de un papá que salía a trabajar y regresaba por la tarde-noche? ¿Por qué un papá que no podía moverse con libertad, que no podía comunicarse como quería, que vivía prisionero...

Detrás del Telón: cuando el bullying viene de quien te debería proteger

Yo comencé a bailar ballet cuando tenía seis años. Todo empezó porque visitaba mucho la casa de una amiguita de la infancia. Ella tenía tutús hermosos, zapatillas, copetes brillantes… y su mamá la llevaba a clases de ballet en una concesión del  Royal Ballet  que se encontraba en Xalapa, Veracruz. Yo me quedaba embelesada. Mi mamá aún recuerda que un día me encontró viendo la película de  Barbie en El Cascanueces , intentando imitar los movimientos, bailando a mi estilo, perdiéndome en la música como si ya hubiera nacido para eso. Ahí comenzó todo. Entré a esa academia del Royal con toda la emoción del mundo. Amaba cada clase, cada estiramiento, cada ensayo. Mi primer festival fue una presentación inspirada en  La Bella y la Bestia . Mi amiga y yo éramos pareja en el baile, pero ella no llegó ese día. Así que me tocó bailar sola, adelante, sin tener a quién seguir. Moría de miedo, pero lo hice. Y desde entonces supe que el escenario era un lugar al que siempre quería...

Cómo me volví emprendedora y por qué nació OPHELIA CASA EDITORIAL

La historia de cómo me volví emprendedora y por qué creé mi editorial no empieza con un sueño de niña ni con un gran plan. Empieza con una pérdida. Cuando tenía 22 años, perdí a mi papá. En ese momento yo trabajaba medio tiempo con un amigo y medio tiempo con un familiar que tenía una editorial muy similar a lo que ahora hago. Cabe aclarar que con este familiar nunca firmé un contrato; todo era de palabra. Y aunque la intención siempre era buena, siempre había problemas cuando llegaba el momento de pagarme. Siempre tenía que andar detrás de él para que me pagara. Esto, aunque en ese momento parecía un detalle pequeño, más adelante sería muy importante. A principios de 2020 empecé a trabajar en una consultora de importaciones de productos franceses, incluyendo maquillaje. Y desde el inicio… nunca me sentí bienvenida ahí. Los dueños eran un matrimonio: él francés, ella mexicana. Ella siempre fue amable, pero él… bastante extraño. Cada vez que yo hacía una propuesta, él la desechaba sin e...

La vez que decidí convertirme en escritora

No tengo un punto exacto donde comenzó esta historia, pero sí tengo un hilo que puedo seguir desde que era niña. Yo era la que jugaba  todo . Me disfrazaba diario y, honestamente, en un mes el disfraz acababa hecho garras. Las mamás de mis amigas le decían a mi mamá que yo tenía una imaginación inmensa. Y sí: jugaba con mi hermano, pero sobre todo jugaba sola. Muchísimo. Recuerdo que cuando tenía como diez años mis amigas iban a mi casa, les prestaba mis disfraces y fingía que las grababa con una cámara… y que yo era la directora. De hecho, ahí escribí mi primer cuento:  Rosabella , una mezcla rarísima entre  La Bella Durmiente  y una caricatura italiana que amaba,  Las Winx . Yo las guiaba, les decía qué hacer, cómo actuar. Y todo eso lo hacía sin pensar que un día escribiría historias de verdad; solo era lo que me nacía. Cuando dejé de jugar con muñecas, más o menos a los doce, empezó mi amor por los libros. Mis papás fomentaron muchísimo ese hábito, quizá por...