Lo que no era el reloj
Hace poco más de quince años viví una situación que, aunque no me persigue como un fantasma, sí dejó una huella silenciosa en mí. Hoy, en un momento muy distinto de mi vida —planeando mi boda, rodeada de mensajes, detalles y gestos inesperados— esa historia volvió a mí con mucha claridad. Cuando tenía siete años, mi papá sufrió un infarto cerebral. De un día para otro, mi vida cambió sin que yo tuviera las herramientas para entenderlo. Mis papás ya no estaban conmigo, mi mamá se fue a Ciudad de México con mi hermano y yo me quedé en Xalapa con mis abuelos. Y aunque muchos dicen “bueno, no te quedaste con extraños”, la realidad es que romperle la rutina a un niño es profundamente disruptivo. Ahí nació en mí un apego ansioso que he trabajado durante años, con terapia, con fe y con mucha conciencia. Esa experiencia también me dio algo más: una hiperempatía que a veces me ha llevado a equivocarme. No porque la bondad sea un error, sino porque en una sociedad tan acostumbrada al egoísmo, se...