Cómo me volví emprendedora y por qué nació OPHELIA CASA EDITORIAL

La historia de cómo me volví emprendedora y por qué creé mi editorial no empieza con un sueño de niña ni con un gran plan. Empieza con una pérdida.

Cuando tenía 22 años, perdí a mi papá.

En ese momento yo trabajaba medio tiempo con un amigo y medio tiempo con un familiar que tenía una editorial muy similar a lo que ahora hago. Cabe aclarar que con este familiar nunca firmé un contrato; todo era de palabra. Y aunque la intención siempre era buena, siempre había problemas cuando llegaba el momento de pagarme. Siempre tenía que andar detrás de él para que me pagara. Esto, aunque en ese momento parecía un detalle pequeño, más adelante sería muy importante.

A principios de 2020 empecé a trabajar en una consultora de importaciones de productos franceses, incluyendo maquillaje.
Y desde el inicio… nunca me sentí bienvenida ahí.
Los dueños eran un matrimonio: él francés, ella mexicana. Ella siempre fue amable, pero él… bastante extraño. Cada vez que yo hacía una propuesta, él la desechaba sin explicación. No le di demasiada importancia al principio, pero la energía ya estaba ahí.

Un día, antes de que empezara la pandemia, me pidió diseñar una presentación para un webinar. Lo hice. Y él insistía muchísimo en que incluyera fotografías de niños. Yo le expliqué amablemente que no era correcto usar fotos de menores, aunque fueran libres de derechos. Pero aun así, insistió. Entonces me puse a buscar fotos sin derechos y elegí una muy bonita: un niño haciendo “ok” con la mano. Un gesto totalmente normal en Latinoamérica.

Pero yo no sabía que en Francia ese gesto es considerado una grosería.
Y en vez de explicármelo de manera amable, su reacción fue una llamada de atención con un tono que… dejaba mucho que desear. Grosero, innecesario, despectivo.

Llega la pandemia, nos encierran a todos, y poco después de mi cumpleaños me dicen “adiós”. Pero querían que firmara una carta de renuncia. Yo, sin pensarlo mucho, dije que sí.

Ahí es donde mi hermano —que es abogado— entra y me dice:
“No firmes eso. Te quieren hacer firmar tu renuncia para evitar pagarte liquidación. Y te corresponde liquidación, no finiquito.”

Mi jefa, la esposa del francés, de repente se hizo la que le hablaba a la virgen. No sabía nada, no entendía nada, no podía decir nada. Más tarde tuve una videollamada con el matrimonio: ella con una cara de terror, y él… nefasto. Grosero. Misógino.
De esos hombres que te hacen sentir que estás estorbando por existir.

Antes de esa llamada, mi hermano me había referido con un amigo suyo especialista en ese tipo de casos, y él me coachó en absolutamente todo. Me dijo:
“Te van a decir esto y esto.”
Y todo pasaba exactamente así.
Hasta en el orden.

Finalmente llegamos a un acuerdo —que si bien no era una millonada— era lo que me correspondía por ley. Tuve que poner mi huella y todo, pero al final, gané. Y bueno… ya no tenía trabajo.

Mi mamá era viuda. Yo no quería pedirle dinero. Así que pensé:
“¿Qué sé hacer?”
Y la respuesta fue muy clara: sé editar libros.

Con el familiar con el que yo había trabajado antes, veía cosas que no hacían sentido: precios por las nubes, paquetes que ni siquiera incluían lo básico —como la edición—, y yo recibía trabajo muy esporádico, siempre teniendo que perseguirlo para que me pagara.

Y ahí fue cuando pensé:
“Voy a ofrecer mis servicios. Voy a hacerlo accesible. Voy a ayudar a quien quiera publicar sin arruinarse en el proceso.”
Y así nació Ophelia, escrito con PH, en inglés.

Y ha sido un proyecto precioso. He crecido muchísimo, he aprendido muchísimo. He conocido gente maravillosa y también gente que, de formas no tan amables, me ha enseñado mucho sobre mí y sobre el mundo. Porque no les voy a mentir: emprender es complicado. Lo pintan como algo mágico, romántico, empoderador… pero es difícil. De verdad difícil.
Hay trabas, hay momentos fuertes, hay cansancio.
Pero también hay momentos increíbles, fructíferos, emocionantes.

¿Y qué pasó con el familiar?
Pues básicamente… nada.
Lo consulté con un abogado, y yo no estaba haciendo absolutamente nada malo. Él seguía sin darme un lugar fijo, sin contrato, y de los pocos proyectos que me daba, siempre terminaba yo persiguiéndolo para que me pagara.

Y un día simplemente… dejó de escribirme.
Nunca me dijo nada.
Nunca me dio las gracias.
Solo me abrió.

Eso sí, me dio una carta de recomendación cuando se la pedí.
Pero nunca volví a saber de él.
El silencio otorga, como decía mi papá.

Yo era la que siempre le mandaba un detallito a su familia por Navidad.
Le tengo un cariño enorme y un respeto profundo, porque es un gran hombre y una gran persona dentro de este medio. Y estoy agradecida porque aprendí muchísimo.
Pero sí, fue fuerte.
Yo esperaba un trato diferente.

Y aun así, seguí adelante.

Hoy Ophelia Casa Editorial tiene casi 2,000 seguidores en Instagram.
Hemos publicado más de 100 libros —yo diría casi 120, contando los que no salen directamente bajo el sello—.
Hemos ayudado a muchísimos autores.
Hemos estado en la FIL Guadalajara.
Tenemos autores como Erick Rojas, con El Donador de Órganos, que regresó a la FIL y vendió muchísimo.

Y ver el sueño de otros cumplirse…
eso es un regalo.
Eso es lo que hace que todo valga la pena.
A Dios, a la vida y a cada autor que ha confiado en mí y en Ophelia:
gracias.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Lo que no era el reloj

Detrás del Telón: cuando el bullying viene de quien te debería proteger

La vez que decidí convertirme en escritora