Lo que no era el reloj

Hace poco más de quince años viví una situación que, aunque no me persigue como un fantasma, sí dejó una huella silenciosa en mí. Hoy, en un momento muy distinto de mi vida —planeando mi boda, rodeada de mensajes, detalles y gestos inesperados— esa historia volvió a mí con mucha claridad.

Cuando tenía siete años, mi papá sufrió un infarto cerebral. De un día para otro, mi vida cambió sin que yo tuviera las herramientas para entenderlo. Mis papás ya no estaban conmigo, mi mamá se fue a Ciudad de México con mi hermano y yo me quedé en Xalapa con mis abuelos. Y aunque muchos dicen “bueno, no te quedaste con extraños”, la realidad es que romperle la rutina a un niño es profundamente disruptivo. Ahí nació en mí un apego ansioso que he trabajado durante años, con terapia, con fe y con mucha conciencia.

Esa experiencia también me dio algo más: una hiperempatía que a veces me ha llevado a equivocarme. No porque la bondad sea un error, sino porque en una sociedad tan acostumbrada al egoísmo, ser genuinamente bueno suele verse como debilidad. Y no lo es.

En la preparatoria, como en casi todas las escuelas, había jerarquías no escritas. Yo era una chica más bien neutra: tímida, refugiada en mis libros. Nada popular. Había una compañera —llamémosle Gloria— que era todo lo contrario. Nunca le caí bien y lo dejó claro con burlas y comentarios. No me afectaban; siempre he tenido una autoestima sana. Simplemente no conectábamos.

El tiempo pasó, las dinámicas cambiaron, y por una serie de conflictos adolescentes, Gloria se quedó sola. Yo, fiel a esa parte mía que tiende a incluir, la dejé entrar a mi círculo. No por santidad, sino por empatía.

Un día fui a su casa con una amiga. Cocinamos, reímos, y en algún momento me quité mi reloj y lo dejé ahí. No era cualquier reloj. Mi papá me lo había regalado por mi cumpleaños. Un Fossil plateado, con una cadena de cubos irregulares. Más allá de la marca o el precio, lo valioso era lo que implicó: caminar, manejar, ir hasta Plaza Américas, elegirlo, esforzarse. Para alguien con medio cuerpo paralizado, eso era un acto de amor enorme.

Al día siguiente le pedí a Gloria que me lo devolviera. Me dijo que sí. Pasaron días. Luego semanas. Luego meses. El reloj nunca regresó.

Mis abuelos me compraron otro para que mi papá no se enterara. Él probablemente lo notó, pero nunca dijo nada. El reloj original se perdió, pero no lo que representaba.

Durante mucho tiempo pensé que la lección de esa historia era dura. Hoy la veo distinta.

No se trata de dejar de ser buena persona. Al contrario. La moraleja es seguir siéndolo, pero aprender a poner límites. La bondad no está peleada con la dignidad. Ser empática no significa permitir abusos. Abrirle la puerta a alguien no implica dejar que te falte al respeto.

Años después, ya casi al final de la preparatoria, viví algo similar con otra persona. La diferencia fue que esta vez sí puse un límite claro. En mi casa. En mi espacio. Y entendí que poner límites no es un acto de agresión, sino de autocuidado.

Hoy, mientras planeo mi boda, me conmueven profundamente los gestos pequeños: mensajes breves, detalles sencillos, palabras pensadas. Porque sé que el verdadero valor no está en lo material, sino en la intención. En el tiempo. En el esfuerzo. En pensar en alguien más.

Eso es lo que permanece.

Gracias por leerme.

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