Detrás del Telón: cuando el bullying viene de quien te debería proteger
Yo comencé a bailar ballet cuando tenía seis años. Todo empezó porque visitaba mucho la casa de una amiguita de la infancia. Ella tenía tutús hermosos, zapatillas, copetes brillantes… y su mamá la llevaba a clases de ballet en una concesión del Royal Ballet que se encontraba en Xalapa, Veracruz. Yo me quedaba embelesada. Mi mamá aún recuerda que un día me encontró viendo la película de Barbie en El Cascanueces, intentando imitar los movimientos, bailando a mi estilo, perdiéndome en la música como si ya hubiera nacido para eso.
Ahí comenzó todo.
Entré a esa academia del Royal con toda la emoción del mundo. Amaba cada clase, cada estiramiento, cada ensayo. Mi primer festival fue una presentación inspirada en La Bella y la Bestia. Mi amiga y yo éramos pareja en el baile, pero ella no llegó ese día. Así que me tocó bailar sola, adelante, sin tener a quién seguir. Moría de miedo, pero lo hice. Y desde entonces supe que el escenario era un lugar al que siempre quería volver.
Con los años participé en muchas producciones, algunas originales de la directora, y otras más grandes, como el proyecto de La Phil Malgarden durante la secundaria. Ahí empecé como pollo, luego ascendí a campesina. Me fascinaba la magnitud del proyecto: ensayos eternos, ensayos en sábado, el teatro lleno de gente, la adrenalina, la magia.
Y en ese mismo periodo llegó a mi vida El Cascanueces como montaje. Por mi estatura (siempre he sido muy alta), me asignaron papeles masculinos: niño, soldado, rey ratón. Luego fui parte de la danza árabe, de la española… pero nunca un protagónico. Aun así era muy feliz; no bailaba mal y llevaba nueve años entregando el alma en cada paso.
Hasta que entré a preparatoria.
La academia se mudó justo al lado de mi casa y, como en ese momento la situación económica era complicada, conseguí una beca. Yo ayudaba en las clases de las niñas pequeñas. Pero algo empezó a cambiar, o quizá estaba ahí desde antes y yo no quería verlo.
La directora comenzó a tratarme con frialdad. Yo no quería pensar mal, era muy ingenua todavía. Pero mi mamá se dio cuenta. Había favoritismos muy claros hacia niñas con más dinero, cuyas mamás la invitaban a restaurantes lujosos o prestaban camionetas y choferes para festivales. Yo no tenía nada de eso.
Aun así, un día me dieron mi primer solo: una de las hadas de La Bella Durmiente. Ensayé tres meses, con clases privadas, con toda la disciplina y la ilusión de una adolescente que por fin sentía que le estaban reconociendo su trabajo.
Pero dos o tres semanas antes del festival regresó una chica que se había ido a Tijuana. Y sin ningún reparo, la directora la puso conmigo en mi papel. Recuerdo el silencio del salón, las miradas, el nudo en la garganta. Sonreí, acepté… y al llegar a casa me rompí en llanto. Mis papás querían hablar con la directora. Yo les pedí que no lo hicieran.
Y ahí empezó el verdadero maltrato.
Gritoneos frente al salón completo. Humillaciones públicas. Comentarios hirientes disfrazados de “disciplina”. Una vez llegué en cuanto terminó la clase anterior, fui al baño un minuto y cuando entré, me gritó enfrente de todas. Para resistir, me la imaginé como la Reina Roja cabezona de la Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton. Solo así pude mantenerme firme.
Otras veces me decía:
“Te voy a poner hasta adelante aunque bailes horrible.”
Y aunque no usaba groserías, sabía herir. Sabía dónde lastimar.
Años después, recordé algo que había bloqueado: yo tendría unos diez años cuando me dijo que, como tenía demasiado cabello, parecía chango. Y tuve que bailar con el pelo completamente recogido, con las orejas —mis orejas grandes, que siempre me daban pena— expuestas. A mis diez años, eso dolió de un modo que nunca se me olvidó.
No fui la única. Muchas niñas se fueron por el trato. Muchas mamás las sacaron antes de que vivieran algo peor. Pero yo seguía ahí, porque uno no ve las cosas. Porque a veces no quiere verlas. Porque a veces eres “demasiado linda” y te acostumbras a aguantar cosas que no deberías aguantar.
Mi salida fue después de un último festival inspirado en Alicia en el País de las Maravillas. Hice la presentación con profesionalismo y al salir, un amigo me dijo:
“Nos vemos en agosto”.
Yo respondí: “Yo no regreso”.
La cara de shock nunca la olvidaré. Toda mi vida había sido “la niña del ballet”. Y de pronto ya no.
A mis 18, durante mi año sabático, conocí a alguien que me ayudó a hacer las paces: Miss Gaby, mi miss de inglés del kínder. Ella tenía una academia pequeña y me invitó a retomar clases. Yo estaba en flamenco en ese entonces, pero me uní a su proyecto y terminé bailando el papel del fuego en una adaptación de La Cerillera de Hans Christian Andersen. Ella me recordó que el ballet también podía ser amor y refugio, no solo exigencia y dolor.
A la fecha lo amo. Lo intenté retomar antes de pandemia, pero la pandemia frenó todo. Y aunque ya no estoy en una academia, el ballet vive en mí: en mi manera de escribir, de escuchar música, de visualizar mundos. Y, por supuesto, en mi amor por El Cascanueces, un cuento que sigue siendo una brújula emocional para mí.
Quiero cerrar esta entrada con una reflexión y un pequeño homenaje.
Hace unos meses falleció Liz, una amiga de la universidad que también amaba profundamente el ballet. La conocí en mi examen de admisión. Yo estaba atravesando una depresión muy fuerte y ella fue pura luz. Me dijo: “Nos vemos en el ingreso.” Y así fue. Era un alma bonita, gentil, alegre. Saber que se fue fue un golpe muy inesperado, pero sé que se fue en paz.
Personas como ella son las que te recuerdan que las palabras pueden salvar.
Porque así como la directora de mi infancia podía lanzarme al abismo con una sola frase, también hay personas que pueden levantarte con una palabra amable, con paciencia, con luz.
Todos perdemos la cabeza a veces —yo misma hace unos días me desesperé con un autor, historia que contaré después— pero hay una enorme diferencia entre un mal día y una conducta constante que hiere.
Ojalá se hable más de esto.
Ojalá los profesores recuerden el peso que tiene su voz.
Ojalá nunca olvidemos que la calidad humana siempre vale más que el talento.
Y ojalá que quienes aún aman el ballet, como yo, puedan encontrar en él lo que siempre debió ser: belleza, disciplina, sanación y arte, no un lugar donde se siembren heridas.
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