La verdad detrás de ser un católico practicante
Ser católico practicante no es vivir en una nube, ni tener respuestas inmediatas, ni caminar la vida sin dolor. Tampoco es cumplir reglas por inercia o repetir rezos de memoria. Ser católico practicante, al menos en mi experiencia, ha sido aprender a caminar con preguntas, con heridas, con silencios… y aun así decidir confiar.
Yo crecí en una familia católica. Estudié toda mi vida en colegios católicos. La fe estaba ahí, como parte del paisaje. Pero no siempre fui una católica practicante. Y creo que eso es más común de lo que nos gusta admitir.
Cuando uno crece, la vida empieza a exigir respuestas. En mi caso, una de las preguntas más fuertes tuvo nombre propio: la enfermedad de mi papá.
Durante muchos años viví preguntándole a Dios “¿por qué?”.
¿Por qué a nosotros?
¿Por qué no podíamos tener la dinámica “normal” de un papá que salía a trabajar y regresaba por la tarde-noche?
¿Por qué un papá que no podía moverse con libertad, que no podía comunicarse como quería, que vivía prisionero dentro de su propio cuerpo?
Mi papá padecía depresión. Y aun así, hacía un esfuerzo gigantesco por salir adelante: tomaba cursos, se preparaba, trabajaba, luchaba. Eso lo hacía aún más desconcertante. ¿Por qué alguien que lo intenta tanto tiene que cargar con tanto peso?
Esas preguntas no siempre tienen respuestas inmediatas. A veces, la respuesta llega de formas que no esperamos… y a veces llega mucho después.
A los 18 años caí en una depresión muy fuerte. Fue una etapa oscura, de cansancio emocional, de vacío, de sentir que ya no podía más. Y fue gracias a mi prima Ale Guerrero —que había estudiado psicología y que de pronto empezó a involucrarse en grupos católicos— que di un primer paso inesperado. Me invitó a un grupo. Fui con otro tío. Y empecé a sentir algo que hacía mucho no sentía: paz.
No quiero decir que la terapia no sirva. Al contrario: el psicólogo que tuve en ese momento, Héctor, fue una maravilla. Pero lo que encontré ahí fue distinto. No era solo hablar, era acercarme a Dios. Y entender —o empezar a aceptar— que a Dios no se le puede comprender con parámetros humanos.
Recuerdo mucho una explicación que nos dio un profesor en la prepa:
Nuestro intelecto, decía, alcanza apenas un 0.1%. El de los ángeles, un 20%. El de Dios, el 100%.
¿Cómo entender plenamente a alguien que está completamente fuera de nuestras capacidades?
Por esas fechas, una prima me dijo: “¿Por qué no haces el examen de becas de la Universidad Panamericana?”. Yo pensé que era imposible. Mis papás no tenían cómo pagar una universidad así, ni una estancia, ni nada de eso. Pero algo —yo hoy sé que fue el Espíritu Santo— me empujó a decirle a mi mamá. Y mi mamá, sin dudarlo, me dijo: “Vas a hacer el examen”.
El 14 de febrero de 2014 presenté el examen. Yo estaba agotada, drenada, emocionalmente rota. Y recuerdo haberle dicho a Dios: “Haz conmigo lo que quieras. Yo ya no puedo”.
Cuando fuimos a pagar el examen, el chico de la ventanilla nos dijo: “Tómenlo como regalo del Día de la Amistad”. Y yo pensé: ¿esto es un foco verde?
Meses después supe que había sido aceptada con beca. Y eso cambió mi vida. Pero, sobre todo, cambió mi relación con Dios.
En la universidad encontré acompañamiento. Encontré personas. Encontré comunidad. Gracias al Opus Dei, a las tertulias, a los círculos, empecé a conocer gente profundamente buena. Gente real. Gente que te escucha. Gente que camina contigo.
Siempre estaré agradecida con la Universidad Panamericana y con el Opus Dei porque nunca me sentí sola. Me sentí cuidada. Escuchada. Acompañada. Y sí, hubo retos, pero también hubo muchísima luz.
Eso no significa que todo haya sido fácil después. Al contrario. Ser católico practicante también implica enfrentarte a realidades muy duras: grupos donde hay gente maravillosa… y otros donde hay personas profundamente dañadas, que necesitan ayuda psicológica y que, lamentablemente, usan la religión como máscara para hacer daño.
Ahí conocí a mi prometido. En circunstancias complicadas, tiempos cruzados, historias que no estaban listas. Yo misma pasé por una relación muy dañina con una persona narcisista, alguien profundamente herido que buscaba a Dios, pero que iba dejando veneno a su paso.
Hoy, junto con mi prometido, tenemos un apostolado con jóvenes y adolescentes en el monasterio de Campana, en Mixcoac. Y es una de las cosas más hermosas que me han pasado. Verlos crecer. Escucharlos. Acompañarlos. Hablar de todo: de fe, de dudas, de miedos, de vida.
Somos acompañados por la Madre Margarita, una mujer extraordinaria, de una fe que se siente. Entrar a ese lugar es experimentar algo distinto. Es paz. Es hogar. Es oración viva.
Tener una relación con Dios, para mí, es poder decir: “¿Sabes quién es mi papá?”.
Mi papá es el Rey de reyes.
Y sé que suena loco para muchos. Lo entiendo. Yo también he dudado.
Por eso quise escribir esto ahora, tan cerca de Navidad.
Porque la Navidad se ha vuelto profundamente comercial. Y ojo: a mí me encanta dar regalos. Me encanta pensar qué regalarle a mi mamá, a mi hermano, a mi prometido. Me encanta preparar la cena, el postre, convivir, celebrar. Todo eso es hermoso.
Pero se nos olvida algo esencial.
La Navidad sigue existiendo incluso cuando se quitan los regalos. Como en El Grinch. Al final, cuando ya no hay adornos ni paquetes, sigue habiendo Navidad porque sigue habiendo amor, comunidad, presencia.
Y también se nos olvida el prójimo. Las personas que trabajan esos días. Los doctores de guardia. Los empleados de tiendas. Los que no tienen con quién cenar. Los que están solos.
Y, sobre todo, se nos olvida el cumpleañero.
La Navidad es el cumpleaños del Rey que nació en un pesebre. Perseguido. Sin cuna de oro. Sin anuncios. Con una madre adolescente llena de miedo y fe. Con un hombre justo que creyó la voz del ángel. Con animales como testigos.
El Dios de las galaxias, de las estrellas, de mundos que ni imaginamos, decidió hacerse hombre. Humilde. Vulnerable. Cercano.
Dios no es el genio de la lámpara ni el hada madrina. No concede deseos a capricho. A veces no responde como queremos. A veces guarda silencio. Pero siempre está.
Este año me sorprendió profundamente. Si yo no hubiera emprendido, mi prometido no me habría escrito. No habría publicado su libro conmigo. No habríamos caminado este camino juntos. Y hoy, Dios mediante, nos casamos pronto.
Es el hombre que le pedí a Dios. Y a San José.
Ser católico practicante no es no caer. Es decidir levantarte de la mano de alguien que, aunque no siempre entiendas, nunca te suelta.
Y quizá, solo quizá, de eso se trata la Navidad.
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