La vez que decidí convertirme en escritora
No tengo un punto exacto donde comenzó esta historia, pero sí tengo un hilo que puedo seguir desde que era niña. Yo era la que jugaba todo. Me disfrazaba diario y, honestamente, en un mes el disfraz acababa hecho garras. Las mamás de mis amigas le decían a mi mamá que yo tenía una imaginación inmensa. Y sí: jugaba con mi hermano, pero sobre todo jugaba sola. Muchísimo.
Recuerdo que cuando tenía como diez años mis amigas iban a mi casa, les prestaba mis disfraces y fingía que las grababa con una cámara… y que yo era la directora. De hecho, ahí escribí mi primer cuento: Rosabella, una mezcla rarísima entre La Bella Durmiente y una caricatura italiana que amaba, Las Winx. Yo las guiaba, les decía qué hacer, cómo actuar. Y todo eso lo hacía sin pensar que un día escribiría historias de verdad; solo era lo que me nacía.
Cuando dejé de jugar con muñecas, más o menos a los doce, empezó mi amor por los libros. Mis papás fomentaron muchísimo ese hábito, quizá porque en la escuela nos ponían a leer obras que, sí, son clásicos increíbles… pero cero hechas para niñas de secundaria. A ver: por supuesto que La Ilíada y La Odisea son grandes piezas de la literatura, pero un niño de trece años disfrutaría mil veces más Percy Jackson, Harry Potter o La Tierra de las Historias de Chris Colfer —que, por cierto, súper recomiendo, es una saga preciosa.
Mi primer libro realmente mío, de esos que disfrutas sin que nadie te obligue, fue Ghost Girl, un libro medio gótico sobre una chica que muere atragantada con una gomita en forma de pandita. Nunca completé la saga, pero me encantaba. Luego llegó el boom de Crepúsculo —que, debo confesar, nunca pasé del primer libro— y más tarde vinieron Los Juegos del Hambre. Poco a poco me fui sumergiendo más y más en fantasía, hasta llegar a una autora que me marcó para siempre: Sarah J. Maas. Empecé con El Trono de Cristal y aunque tengo casi toda la saga y no la he terminado, me fascinó. Ahí encontré un género que sentí mío.
Y mientras más leía, más escribía. Empecé a llenar las libretas del colegio por la parte de atrás. Mis amigos todavía se acuerdan: todos echando relajo, y yo metida en un libro o escribiendo durante clase. Y sí, durante clase también.
Pero hay un momento muy específico que sí tengo marcado como “el día en que decidí ser escritora”. Fue en mi cumpleaños número 15: 20 de julio de 2010. Lo recuerdo clarísimo porque ese día estaba en Magic Kingdom en Disney, en Orlando. Para mí era un sueño estar ahí, y gracias a mis abuelos y a mis papás pude cumplirlo.
En esa época salió la serie Once Upon a Time, que hacía algo parecido, pero yo buscaba otra cosa. Algo más tétrico, más siniestro. Más vampírico. Yo ya andaba enamorada de todo lo gótico: veía Vampire Knight, Pandora Hearts —mi serie favorita— y por esa edad, a escondidas, compré la película de Drácula de Francis Ford Coppola. La vi en mi laptop (cuando las laptops todavía tenían ranura para CD). Y sí, no es una película que una adolescente deba ver… pero me enamoré completamente: Gary Oldman como Drácula, Winona Ryder como Mina, Anthony Hopkins como Van Helsing… todo. Me identifiqué profundamente con ese mundo.
El nombre surgió de un intento adolescente de combinar el apellido “Murdoch”. No recuerdo la película de anime que me inspiró, solo sé que me conmocionó muchísimo en ese momento de mi vida.
Yo tenía siete años. Los terapeutas dicen que es normal bloquear ciertos recuerdos, y sí, son huecos en mi mente. Lo que sí recuerdo es una escena: mi mamá nos despertó, nos dijo que una tía abuela venía por nosotros porque tenía que llevar a mi papá al doctor. Y lo siguiente que recuerdo es estar en el cuarto de televisión con mi hermano, vestidos, tomando nuestro licuado, viendo La Bella y la Bestia, que es mi película favorita.
Y después de todo aquello, lo que vino fueron memorias confusas. Muchos fragmentos. Recuerdos que no sé si son míos o si fueron creados por las historias y los puntos de vista de otras personas. Crecer así deja huellas raras: no sabes qué viviste, qué imaginaste o qué te contaron. Pero ahí están, mezclándose entre sí.
Justo ahora estoy trabajando en un proyecto que toca muchísimo esta etapa. Tiene que ver con la pérdida, con la salud mental, con cómo hace 23 años estos temas simplemente no se hablaban. No se explicaban. No se atendían. Eran silencios que las familias cargaban como podían. Y creo que por eso, desde niña, siempre tuve estos refugios internos: mundos, personajes… y aunque suene paranoico, estas voces que me hablaban. No voces para asustarme, sino voces que me llevaban a crear. Voces que me ofrecían otra realidad cuando la mía era demasiado caótica o dolorosa.
Escribir siempre ha sido eso para mí: un placer, sí, pero también una forma de sobrevivir. Una manera de poner en orden lo que la vida puso en desorden. Una manera de darle forma a lo que no entendía. Y he tenido la suerte de que personas —conocidas y desconocidas— han leído mis historias. Que han entrado a mis mundos. Que se han quedado ahí un rato.
Y para mí eso es increíble. Es un regalo.
Porque escribir es parte de mí. No es algo que hago: es algo que soy. Y si mis historias llegan a mucha gente, maravilloso. Y si llegan a poca, también está bien. Porque sé que llegarán exactamente a quienes tengan que llegar.
Y mientras siga escribiendo, esa promesa nunca se romperá.
¡Muy bueno, gracias!
ResponderBorrar